Te quiero comer. Verás, te quiero comer la cara, y luego intentarlo con tus hombros, y así poco a poco, descendiendo, hasta que solo queden tus zapatos en el suelo, sin sangre, te la beberé también. Todo muy limpio. Y que una vez dentro de mi empieces a comerme tú, al inverso, hacia afuera, hasta que seas nuestra superficie. Te quiero así, hasta, y de cualquier forma, hasta, y de todas. Y hasta siempre, verás.
Dormir en desvanes.
Una y otra vez. Los doce huecos del techo proyectando luz verde abismo. El olor de ese abismo sobre los almacenes abandonados del casco antiguo de la ciudad. La inconsciencia del que aventura. Me dices: Ponte el gorro de lana, disimula haciendo sonar las llaves, nos siguen. No va a pasar nada. Desayunaremos juntos.
Admítelo. La escusa es buena. Estoy aprendiendo a ser mejor. Eso querías. Mejor no pienses que es peor.
El pelo aquel del elefante que cazó tu abuelo no ha de ser de nadie más.